Volar. Vivir.

El martes no era un buen día para volar pero era el día en el que miles de viajeros levantábamos los pies del suelo.

Primer avión sin problemas. Y sin noticias.

Al aterrizar, llegan los mensajes y los rostros se ensombrecen. Algunos se quedan en Madrid, otros seguimos ruta. Yo agradezco que aún no se note una mayor presencia policial, que parezca un día más en el aeropuerto. Sin embargo, cada ‘que tengas un buen viaje’ hace que un escalofrío me recorra la espalda. No es miedo. Es calma, tensa.

Un par de llamadas mientras corres a tu siguiente puerta de embarque, un mensaje a quien sabes que aún duerme al otro lado del mundo. No es miedo. Es saber quiénes son los pilares de tu vida.

Una vez a bordo tienes tiempo de sentir y pensar. Pero pronto empieza la rutina, esa que te ayuda a dejarte llevar.

Sí, claro que es miedo, pero elegimos no parar.

Elegimos volar.

Elegimos vivir.

Volar. Vivir.

Qué pena ¿no?

Una de las frases que más hemos oído desde que decidimos que nos mudábamos ha sido ‘qué pena…’ acompañado de una mirada de compasión y de incomprensión.

Sí, es una pena porque Asturias es el mejor sitio del mundo mundial, o así lo creen muchos de los que viven en él. Es un buen mundo. Muy bueno. Y muy bonito. Posiblemente uno de los más bonitos en los que he vivido. Pero no necesariamente el mejor. Cada uno de los otros mundos en los que he vivido hasta ahora, y ya van unos cuantos, me ha dado razones para sentirme en casa y querer seguir viviendo en él.

Sí, es una pena porque teníamos una vida muy organizada y cambiar es un esfuerzo incómodo. Con lo bien que estábamos… Pero no me diréis que los cambios no son buenos. Y divertidos. Y necesarios.

Sí, es una pena porque acabamos de construir nuestra Otra Casa. Mucha ilusión, mucho tiempo y mucho dinero invertido en ella… y ahora el disfrute va a ser diferido. Vamos, que estrenaremos casa cada vez que vengamos. Tampoco está tan mal.

Sí, es una pena porque aquí tenía un buen trabajo que me encanta y hay una parte que no puedo mantener. Pero el resto lo sigo haciendo. Allí y aquí. Y en el trabajo también es bueno cambiar y mejorar. De hecho, a mi ya me hacía falta.

Por la casa, el trabajo y el paisaje la pena es pequeña. Pero sí que tenemos una que pesa más y es la que produce dejar atrás nuestra familia y nuestros amigos. Y esa es inevitable. Ese es el precio más caro que nos toca pagar, el de tener tantas personas queridas.

¿Pena, oportunidad, aventura, descubrimiento, aprendizaje, cambio, evolución? ¿con qué ojos nos miras tú?

 

 

 

 

Qué pena ¿no?

La Otra Casa

Hoy que estoy en el otro mundo, el mundo astur, es menester que os presente nuestra casa de aquí. No es muy es justo llamarla ‘la otra’ pues, al fin y al cabo esta es nuestra casa, la nuestra de verdad, la que diseñamos y construimos nosotros… pero como ya os he presentado la Casa americana… pues esta tendrá que ser ‘la otra’.

La Otra Casa ha sido un sueño durante muchos años, se ha llevado muchas energías, muchos pensamientos, muchas horas de trabajo y algunos quebraderos de cabeza. Pero también nos ha dado mucho aprendizaje, mucha ilusión y muchos buenos momentos con algunos de los profesionales que nos han acompañado en el camino.

Ordiales

Lo mejor de la Otra Casa es que tiene acceso directo al paraíso. Nuestras ventanas son postales de la Asturias más típica que puedas imaginar… de esa con montañas, árboles, praos y alguna que otra vaca.

Lo segundo mejor de la Otra Casa es que tiene sitio para todos. Que, a pesar de que aún nos faltan muchas cosas para que esté terminada, a pesar de que esté aún a medio amueblar y, de que no hayamos empezado a decorarla, es acogedora, cálida y cabe todo el mundo que viene a vernos. Tiene una cocina para cocineros y acompañantes, un salón comedor en el que caben tantos como haga falta (aunque a partir del invitado número 7, cada uno tiene que traer su silla) y un porche que te atrapa y no te deja salir.

Y lo tercero mejor de la Otra Casa es que es nuestra, que después de muchos años rodando por el mundo, mudándonos con una maleta, una caja, un coche o una furgoneta, después de muchas vueltas y muchos alquileres, tenemos un sitio que es nuestro campo base. Sí, es cierto, ahora sólo vivimos a medias en ella y es probable que la vida nos depare muchos más alquileres, más mudanzas, más camiones… pero aquí está nuestro centro.

casita

 

 

Aquí está nuestro hogar.

 

 

 

 

La Otra Casa

Dos mundos: vivir

Dos mundos, dos continentes, una vida.

Dos mundos, muchos aviones, una vida.

Dos mundos, infinita ilusión, una vida.

Y en esas estoy hoy… en un taxi, camino del aeropuerto, lista para embarcarme en los tres aviones que me llevarán de vuelta a mi otro mundo.

Una de las decisiones que tienes que tomar cuando se te planta delante una vida nueva es qué hacer con la que tenías hasta entonces. ¿Te aferras a ella convencido de que ningún mundo puede ser mejor? ¿Le das la espalda y abrazas la nueva con la esperanza de que te aporte algo más que la que ya tienes? ¿O decides hacer malabares con tus dos mundos y vivirlos con toda la intensidad que te da una vida?

Yo elegí los malabares. Tengo la suerte de poder elegir. Tengo la suerte de que mi trabajo viene conmigo y de que yo voy con él. Mi trabajo no sólo me encanta, sino que me ofrece la excusa perfecta para volver y estar con mi gente y eso, amigos míos, es una suerte. Además soy afortunada por tener un equipo que funciona, unos clientes que confían y un entorno que me apoya ¿se puede pedir más?

Los malabares tienen su riesgo, lo sé, y por jugar en dos mundos pago un alto precio pero también tienen su recompensa  y hoy viene en forma de ilusión por ir a casa, por estar con mi familia, con mis amigos y por retomar los bártulos de interpretar  que, de todos mis trabajos, es el que más me gusta.

 

 

 

 

 

Dos mundos: vivir