Cien días

Hace más de cien días que no hay entrada en el blog. Puede que, de hecho, esté más cerca de los doscientos… y no sé cómo ni por qué, pero el tiempo se escapa entre los dedos y parece que ya no encuentro el momento de sentarme a escribir con calma. No es que ya no tenga cosas que contar. No es que ya no quiera que me sintáis cerca. Es el tiempo líquido…

Pero hoy no vengo a enumerar las razones por las que hace tanto que no os escribo. Hoy quería hablar de otros cien días. Otros de los que ya se ha escrito mucho y de los que se seguirá escribiendo durante muchos días más. Sí, habéis acertado, los primeros cien días de nuestro presidente. No de sus intentos de cumplir promesas de campaña descabelladas, ni de las noticias con las que amanecemos sobresaltados casi a diario, ni de muros, ni deportaciones. Hoy me gustaría enseñaros lo que he visto estos cien últimos días.

Pero antes tengo que recordaros que El Pueblo está en el corazón de un estado muy conservador, rodeado de otros estados muy conservadores. Eso limita mucho mi visión.

Y aún así, he visto una sociedad solidaria que responde y se manifiesta. Veo carteles en los jardines con mensajes de tolerancia, veo iglesias que apoyan a los musulmanes de la comunidad, veo alcaldes que convocan asambleas informativas para los inmigrantes, asambleas a los que llevan a sus hijos para hacerles ver que están seguros en esta comunidad multiracial. He visto voluntarios en los aeropuertos (abogados e intérpretes entre otros) que intentaban ayudar a los que se quedaron en tierra de nadie con el primer veto de entrada a los siete países ‘peligrosos’. Veo restaurantes que, incluyendo en sus menús platos de estos siete países, muestran su repulsa al veto. Y museos que llenan sus salas de artistas que tendrían la entrada prohibida.

Veo eso y me gusta. Veo una sociedad civil que se ha despertado y se mueve, igual que se ha movido a lo largo de su historia para luchar por sus derechos.

Cien días

¿Hay carta, cartero?

Cuando era pequeña jugábamos a un juego en el que cantábamos zapatito por detrás, ni lo ves ni lo verás… y llegaba un momento en el que preguntábamos ¿hay carta cartero?

Ahora, ya de mayor, cuando abro el buzón de casa a veces oigo esa pregunta en mi cabeza… y al venir a Estados Unidos pensé que no iba a hacerme falta preguntar porque la banderita roja que hay al lado de los buzones iba a estar levantada siempre que hubiera algo que recoger.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAPero no. Estaba equivocada. Resulta que no es para avisar al dueño de la casa de que tiene correo, sino para avisar al cartero de que has dejado algún sobre franqueado para que lo recoja y lo lleve a correos. Vale, mi deducción (a saber con qué película llegué yo a esa conclusión) había sido errónea pero la banderita me sigue encantando. Es muy cómodo no tener que ir al buzón cada vez que quieres mandar una carta. Sobre todo porque en el Pueblo he visto muy pocos.

Pero que no haya muchos buzones para echar las cartas no quiere decir que sea un servicio en desuso. Aquí los carteros tienen un movimiento… Las administraciones se comunican contigo por correo, las facturas se pueden pagar enviando un cheque por correo, y hasta la matrícula del coche te la mandan al buzón. Y, por supuesto, la publicidad te la trae el cartero. También es muy común comprar por internet y los envíos… te los trae el cartero.

Todos los días ves los cochecitos de correos por las calles y carreteras y, casi un año después, me siguen haciendo mucha gracia. Tienen una forma peculiar, simpática, y el volante lo tienen a la derecha, para estar al lado de los buzones… mucho más cómo y seguro, ¿no os parece?

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Siempre me han gustado las cartas, los paquetes, las postales. Soy una romántica, lo sé… o una ingenua porque me encanta incluso cuando me llegan paquetes que he comprado yo. En cualquier caso, a la niña que hay en mí le siguen gustando los sobres, los sellos, el papel de verdad y escribir a mano.

Y tú ¿cuánto hace que no mandas una carta?

 

¿Hay carta, cartero?

Raza y etnia

Hasta que no salí a vivir fuera de España, nunca había pensado en mi raza. Raza y etnia no parecían importar en mi mundo. Sí en las noticias, donde escuchaba hablar de tutsis y hutus y sí en los libros y en las películas, donde se hablaba de la raza aria. Raza parecía ir siempre unido a guerra, masacre, genocidio. Afortunadamente no he tenido que vivir de cerca esos horrores, y supongo que por eso nunca pensé mucho en ello. O igual es porque era una niña. O porque en mi pequeño mundo, por aquel entonces, todos éramos de un color muy parecido.

Sin embargo, cuando viví en Berlín, o en Londres, ya como joven adulta, vi un mundo con muchos más colores de piel y muchos más rasgos, físicos, de vestimenta, de conducta, que nos identificaban como pertenecientes a un grupo o a otro. Aún así, si me hubieran preguntado mi raza y mi etnia, probablemente habría dicho que era ‘blanca, más bien paliducha’, sin más. Mi reflexión no iba mucho más allá, creo que porque seguía sin necesitarla.

Pero para eso están los formularios oficiales, sí señores, para enseñarte. Para ponerte en un aprieto porque no sabes qué casilla tienes que marcar cuando tienes que definir tu raza. Para  que, después de intentar deducir por eliminación cuál es la tuya, te veas obligada a preguntarle al funcionario inglés por tu raza. Y para que sea él quien te diga, entre sorprendido y divertido, que eres ‘white caucasian’.

Así se aprende. Y no se olvida. Y con la lección bien aprendida he ido cumplimentando con soltura todos los formularios que me he ido encontrando por la vida… hasta ahora. En los formularios de Indiana ‘white caucasian’ no aparece. Y vuelvo a no sentirme identificada con las etiquetas que me ofrecen. Yo me sigo viendo blanca, sin más, pero ahora ya sé que además de ‘white’ y de ‘caucasian’, también soy ‘hispanic’ o ‘latin’.

Y sigo aprendiendo. Y aprender me gusta…

Pero la casilla de raza no me gusta, ni la de estado civil, ni la de religión. Porque, al fin y al cabo, ¿qué más dará?

 

 

Raza y etnia

9 de noviembre

Sorpresa. Asombro. Incredulidad.

No en el Midwest.

No en Indiana.

Vivir alejada de las costas y de las grandes ciudades te enseña una América desconocida para muchos. Un país en el que hay pequeñas poblaciones, grandes extensiones, industria, agricultura. Un país en crisis donde vive una mayoría blanca, de familias numerosas, conservadora, religiosa, orgullosa de su país, de sus derechos y libertades, de las armas con las que se sienten protegidos. Una mayoría con unos valores incompatibles con las uniones homosexuales, la transexualidad o con el aborto y que no tolera las mentiras de sus dirigentes. Ciudadanos cansados de ver cómo su nivel de vida no mejora, enfadados con su clase política, con las élites que les dan la espalda. Una mayoría que padece sobrepeso, malnutrición, diabetes, hipertensión y que tiene un acceso limitado a la sanidad. Una mayoría para la que la educación de sus hijos es la mayor inversión de sus vidas. Una mayoría que no tiene pasaporte, que no viaja, ni dentro ni fuera de su país.

Podría hablaros de otra América pero esa no creo que haya votado al candidato republicano.

No es fácil de entender pero aquí no nos sorprende.

9 de noviembre

Election day 2016

Las miradas están puestas en Estados Unidos. Dicen que hoy se elige a la persona más poderosa del mundo y me parece un buen día para responder a la pregunta que tantas veces me habéis hecho en los últimos meses: ¿cómo estás viviendo las elecciones?

Con curiosidad.

Hoy termina un proceso que ha durado más de un año y, aunque puede parecer eterno, ha sido menos duro que los quince días de campaña de cualquiera de nuestras elecciones. Al menos para nosotros que estamos en el Pueblo y que no vemos apenas la tele. Si eres de los que tienes el canal de las noticias siempre encendido, habrías sufrido mucho. El bombardeo es constante: noticias, debates, tertulias, especulaciones, rumores, anuncios… Es un no parar. Y de todo ello, lo que más me ha sorprendido son los anuncios. Porque en la mayoría sacan todos los trapos sucios de sus oponentes. Sin miramientos. Sin eufemismos. Sin presunciones. Impresionante.

Sin embargo, en las calles, todo es mucho más tranquilo. El el Pueblo ves pancartas en algunos jardines particulares, pero casi todas llevan sólo el nombre y los colores de los candidatos. No hemos visto muchas fotos de campaña ni hemos escuchado mensajes machacones saliendo de los altavoces de un coche. No hay contaminación electoral.

En algunos eventos de la comunidad se nota la implicación de los militantes o de personas afines a los dos principales partidos. La sensación es de que la campaña en los sitios pequeños se hace a pie de calle. Aunque, claro, también hay mítines, pero nosotros no hemos asistido a ninguno y además los emiten las televisiones del mundo…  así que no puedo contaros más de lo que ya sabéis.

Con mucha curiosidad.

Antes de venir no podía entender que hubiera personas que apoyaran a Trump y no acababa de entender por qué Hillary causa tanto rechazo. Ahora más que entenderlo, lo veo. Vivimos en un estado con mayoría republicana así que nuestro entorno tendrá que estar lleno de razones de peso… la desigualdad social, la pobreza (a pesar de que aquí la tasa de desempleo ronda el 3%), niveles bajos de educación, y el miedo a lo desconocido, a lo que está más allá de sus fronteras. Pero no es solo eso, también argumentan su apoyo a Trump con una profunda convicción republicana, con su derecho a defenderse y a portar armas y con su absoluta condena al aborto. Bueno, y con su rechazo a ultranza a Hilary.

Pero, ¿por qué Hillary, que en Europa parece una candidata ideal o al menos aceptable, aquí desata reacciones viscerales? Uno de los argumentos que he oído en más ocasiones ha sido ‘por mentir’, por el escándalo de los correos. Ya. Claro. Si es que mentir está fatal. Es lo peor. Y más en un político. Pero yo, que llevo viendo cómo en mi país los dirigentes parece que la mentira es la menor de las afrentas que nos hacen a los ciudadanos… pues como que no lo acabo de entender. Bueno, lo entiendo… pero no lo suficiente como para que Trump me parezca una buena opción.

Con calma, curiosidad y esperanza.

Nosotros no podemos votar aquí con lo que no sentimos esa responsabilidad.  Y eso te quita un peso de encima. Claro que el resultado nos afectará, de eso no hay duda, a nosotros y al resto del mundo. Pero estoy casi segura de que, sea cual sea el resultado, las cosas no van a cambiar tanto. Y si lo hacen, y si este deja de ser un buen sitio para vivir, nada nos ata aquí tan fuerte como para no poder hacer las maletas y volver a Europa. Por eso, con calma.

Con curiosidad por saber qué va a pasar y por ver cómo este mundo loco en el que vivimos va gestionando los sobresaltos con los que nos despierta casi a diario.

Y con esperanza, con la ingenua esperanza de que, de alguna manera, mañana será un día un poco mejor.

 

Election day 2016

Live United

Una de las cosas que más me cuesta entender es que en este país, rico como es y desarrollado como está, no haya una red pública que garantice un estado de bienestar para todos sus ciudadanos. No obstante, que la red no sea pública no quiere decir que no haya redes y que no haya apoyos. Y poco a poco los estoy descubriendo.

La palabra clave es ‘comunidad’. No habrá redes estatales (o no muchas, porque para casos extremos sí que hay algunos recursos de emergencia) pero hay infinidad de fundaciones, asociaciones, grupos de personas afines (vecinos, padres, jóvenes, mayores, etnias, veteranos, familiares de enfermos…) que se unen para cubrir vacíos y aportar al entorno su granito de arena.

¿Y por qué os cuento esto? Pues porque la semana pasada participé por segunda vez en una actividad para la comunidad. La empresa que nos subvenciona nuestra aventura en Indiana, la que ingresa todos los meses una nómina en nuestra cuenta, colabora con UNITED WAY, asociación que coordina voluntarios y que, dos veces al año, crea un evento que llaman ‘Day of Service’. Durante ese día empresas y profesionales ceden tiempo y recursos al vecindario.

Nosotras estuvimos en la FFY una fundación para niños y jóvenes. En un principio nuestra tarea iba a ser pintar el exterior pero las fuertes lluvias del día anterior hicieron que nos reasignaran al equipo de limpieza. ¿Y queréis saber qué limpiamos? Pues unas 300 sillas. Ah, que no os parece una tarea muy elegante… pues no, ciertamente elegancia y estilo no hubo mucho. Pero cada vez que frotaba los deditos de grasa marcados en el respaldo de una silla del comedor pensaba en las historias que habrá detrás de cada una de ellos. No, no tuvimos una tarea glamourosa; no, no hemos cambiado la vida de nadie; pero esos niños tienen un espacio bastante más limpio donde comer y nosotras hemos compartido un día de trabajo diferente con risas y buen humor.

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La patrulla limpieza

El Pueblo esta vez hemos sido unos 2000 voluntarios. En otros pueblos, ciudades, estados han sido miles más. No, hay cosas que este país no tiene, pero hay otras de las que bien podemos aprender.

 

Live United

¡Nos mudamos!

Después de unos meses viviendo en nuestra la Casa ¡volvemos a hacer mudanza! Cualquiera diría que nos encantan… pero no es así. Como ya sabéis, la Casa era demasiado grande para nosotros y tuvimos claro desde el principio que, una vez que se terminara el contrato que habíamos heredado, nos iríamos a un sitio más pequeño.

Valoramos mudarnos a otra casa pero no hay mucha oferta para alquilar en el Pueblo y menos aún ‘pequeño’. Así que recurrimos a una opción que ya nos gustaba incluso antes de venir. Un edificio de apartamentos para gente como nosotros, profesionales desplazados por un periodo más o menos largo.

Esta vez no fue difícil, aún tenemos pocas cosas que empaquetar, sólo habíamos comprado los muebles imprescindibles y un par de amigos nos ayudaron a cargar y descargar las cosas del camión de mudanzas que alquilamos. En una mañana teníamos todo en la que ya es nuestra nueva casa.

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Cargando muebles

Y aquí estamos, en un apartamento en el centro del Pueblo: dos habitaciones, dos baños, cuarto de lavadora y secadora y un espacio enorme que hace las funciones de cocina-salón-comedor. Cuando lo vinimos a ver no me parecía muy grande pero al meter los muebles me di cuenta de que no puedo llamarlo ‘apartamento’… ¡tiene 120 m!

Quizá la mejor forma de describiros cómo es es con algo que nos dijo una amiga que vino  al Pueblo y que nos decía que antes vivíamos en una casa de Mujeres Desesperadas y ahora en un apartamento como en Sexo en Nueva York (jajaja, pero salvando las enooooooooomes distancias entre el Pueblo y la Gran Manzana, ¡claro!)

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Nuestra Nueva Casa

¿Y queréis que os cuente qué es lo que más me gusta? Que aun estando con pocos muebles y sin decorar, es mucho más acogedor. Me encanta también que nos cabe de sobra la mesa de comedor. Es la más grande y más bonita que encontramos cuando fuimos a Ikea y no tenía claro que hubiera suficiente sitio para ella  sin tener que atravesarla en medio del salón. Pero cabe. Y todavía queda sitio de sobra alrededor.

Y me gusta que en el edificio tengamos zonas comunes que nos facilitan mucho las cosas: un gimnasio muy completo, una zona de trabajo, un salón común con una tele enorme (perfecta para las contadas ocasiones en la que la queremos ver) y una sala de reuniones que me sirvió de oficina hasta que tuvimos internet en casa y que no descarto volver a usar siempre que me haga falta.

Además, al estar en el centro del Pueblo, podemos ir a tomarnos una cervecita andando. Y cuando quedamos para cenar, volvemos a casa a pie. Un pequeño lujo que estamos disfrutando un montón.

Ahora nos queda ir decorándola poco a poco así que las ideas son bienvenidas. ¡Y las visitas también!

 

 

¡Nos mudamos!